Los derechos de autor de los escritores fantasma

«Cada uno ve lo que parece, pero pocos palpan lo que eres».

Nicolás Maquiavelo, 

El Príncipe (1532).

El pasado 11 de noviembre, Pedro Sánchez presentó un libro que no había escrito él. Lo más curioso es que todos los reunidos en el Círculo de Bellas Artes para asistir a la presentación de Tierra Firme, recién publicado por la editorial Península, ya lo sabían. Y es que es vox populi que estas supuestas memorias las ha escrito Irene Lozano, exdiputada de UPyD y militante del PSOE. Eso no impidió que los presentadores (Jorge Javier Vázquez y Ángeles Caballero) entrevistaran al presidente del gobierno como si fuera el verdadero autor del libro y halagaran su buena pluma. Y tampoco que José Crehuera, el presidente del grupo Planeta (propietario de la editorial Península, no lo olvidemos), llevara el acto hasta las etéreas fronteras del surrealismo al declarar a la prensa: «Ningún presidente de gobierno en activo ha escrito tanto como el líder del PSOE».

Lo que más sorprende del caso de los dos libros de Sánchez (en 2019 publicó otro, también obra de Irene Lozano) es la tranquilidad con la que se reconoce la impostura. O más bien la tranquilidad con la que se evita desmentirla. Nadie se molesta en negar que estamos ante dos libros escritos por otra persona, quizás porque saben que hacerlo llevaría el cambalache de lo surrealista a lo ridículo. La tramoya está tan a la vista que lo mejor es hacer como si nada, al estilo de esas obras de teatro posmodernas en la que los actores van vestidos con ropa del siglo XXI pese a estar ambientadas en el medievo. Los personajes recitan su papel con un convencimiento que raya en la ironía mientras fingen no darse cuenta de que todo es un truco. Supongo que la política contemporánea no es más que un juego metaliterario.

Por supuesto, estas ironías, servidumbres e imposturas no son ajenas al mundo literario. De hecho, son más habituales de lo que la gente piensa. Con la diferencia de que, en la mayoría de los casos, el ingenuo lector no tiene ni idea de que el autor del libro que ha comprado no es el que tiene su nombre impreso en la cubierta. En el mundo editorial, el truco no está a la vista.

La inmensa mayoría los libros de famosos que invaden las librerías están escritos por lo que se conoce como escritores fantasmas (traducción literal de ghost writer, como se conoce en el mundo anglosajón a los escritores que escriben obras en nombre de otros) o negros literarios. El asunto tiene su lógica, ya que el mercado editorial demanda obras de youtubers, deportistas y habituales de la prensa rosa que carecen del tiempo, las ganas y el talento para escribir doscientas cincuenta páginas sobre lo que sea. Como las editoriales saben que son una garantía de venta, encargan el trabajo a escritores profesionales (que muchas veces combinan este tipo de encargos alimenticios con la escritura de libros bajo su propio nombre). Pero este subterfugio no se limita al mundo de la farándula. En el sector es sabido que muchas editoriales utilizan escritores fantasma para que escriban o coescribanlibros de autores reconocidos y/o superventas, que con tanto tiempo dedicado a la promoción de sus libros apenas tienen tiempo para escribirlos. Estos autores fantasma rara vez aparecen acreditados. 

Y ojo, que no estamos ante un fenómeno nuevo. Ni mucho menos. Alejandro Dumas, que presumía de haber escrito más de trescientas obras de todos los géneros, trabajó con sesenta y tres colaboradores en diferentes etapas, según sus propias declaraciones. El más famoso de todos fue Auguste Maquet, quien llegó a demandarlo en 1858 para que incluyera su nombre en algunas de sus obras más famosas, como Los tres mosqueteros y El conde de Montecristo. La demanda no tuvo éxito y la carrera literaria de Maquet en solitario nunca llegó a despegar, lo que quizás pruebe que las editoriales tienen razón al considerar a los autores más como marcas que como gente que escribe libros. Y tanto en el siglo XX como en lo que llevamos XXI sobran casos parecidos: H.G. Wells fue demandado por una profesora canadiense que unos años antes había mandado a su editorial el manuscrito de una obra idéntica a su Esbozo de la historia, y al premio nobel Camilo José Cela lo acusaron de ganar el premio Planeta con una obra que no era suya.

Los derechos de autor de los escritores fantasma

Como hemos visto, un escritor fantasma es aquel que escribe un libro contratado por una editorial u otra persona y que no figura como autor del mismo. Lo habitual es que el autor y la editorial firmen un acuerdo en el que se detallen los pormenores «técnicos» relativos a la obra, como son la fecha de entrega, la extensión y lo que suele ser lo más importante para las dos partes: el precio. Además, se suele firmar un pacto de confidencialidad por el que el autor «fantasma» se compromete a no revelar nunca la verdadera autoría del libro.

Y entonces, ¿qué pasa con los derechos de autor? Aquí es donde la cosa se complica. Además del acuerdo legal y el pacto de confidencialidad, lo habitual es que el escritor fantasma firme otro acuerdo por el que cede todos los derechos de autor que le corresponderían por la obra que va a escribir. Pero, ¿se puede renunciar a los derechos de autor?

En este punto tenemos que remitirnos a la vieja diferencia entre el copyright del mundo anglosajón y el modelo continental. Y es que este tipo de acuerdos son una adaptación de los que se estilan en Estados Unidos, en donde la figura del ghost writer es mucho más habitual que aquí. Claro que allí ese tipo de acuerdos no suponen ningún problema, ya que el modelo anglosajón del copyright no contempla los derechos morales, a diferencia de nuestra legislación. 

Según nuestra Ley de Propiedad Intelectual, los derechos morales corresponden al autor de la obra por el hecho de crearla y son irrenunciables, inalienables e imprescriptibles. Es decir, el autor no puede renunciar a ellos. Nunca. Aunque ceda la explotación de alguno de los derechos patrimoniales (en un contrato de edición, por ejemplo), siempre le corresponderán estos derechos morales, que la ley anteriormente mencionada recoge en su artículo 14: 

«Corresponden al autor los siguientes derechos irrenunciables inalienables:

1.º Decidir si su obra ha de ser divulgada y en qué forma.

2.º Determinar si tal divulgación ha de hacerse con su nombre, bajo seudónimo o signo, o anónimamente.

3.º Exigir el reconocimiento de su condición de autor de la obra.

4.º Exigir el respeto a la integridad de la obra e impedir cualquier deformación, modificación, alteración o atentado contra ella que suponga perjuicio a sus legítimos intereses o menoscabo a su reputación.

5.º Modificar la obra respetando los derechos adquiridos por terceros y las exigencias de protección de bienes de interés cultural.

6.º Retirar la obra del comercio, por cambio de sus convicciones intelectuales o morales, previa indemnización de daños y perjuicios a los titulares de derechos de explotación.

Si, posteriormente, el autor decide reemprender la explotación de su obra deberá ofrecer preferentemente los correspondientes derechos al anterior titular de los mismos y en condiciones razonablemente similares a las originarias.

7.º Acceder al ejemplar único o raro de la obra, cuando se halle en poder de otro, a fin de ejercitar el derecho de divulgación o cualquier otro que le corresponda».

Como vemos, el legislador incluye entre los derechos morales el derecho de paternidad, es decir, la vinculación del autor con su obra por medio de su nombre o, si así lo desea, ocultando su identidad bajo un anónimo o seudónimo.

 Es evidente que esto choca frontalmente con esa renuncia a los derechos de autor que suelen pactar las editoriales con los escritores fantasma. Estos podrán renunciar a cualquier compensación económica futura, pero nunca a reivindicar la autoría de la obra porque, sencillamente, no pueden renunciar a hacerlo. Así, si uno de estos autores quisiera reclamar la autoría de una obra publicada con el nombre de otro, ningún pacto le impediría hacerlo. Claro que, por razones obvias (pérdida de encargos, pactos de confidencialidad y, por qué no, cierto pudor), esto es algo que se da en muy contadas ocasiones. 

Conclusión

La figura del escritor fantasma es habitual dentro del sector editorial, pese a que plantea numerosas dudas relativas a los derechos de autor. Para empezar, supone la renuncia a un derecho irrenunciable (el derecho de paternidad, como hemos visto) y tampoco es descabellado verlo como un fraude (si no legal, al menos moral) al lector, que está comprando algo distinto de lo que cree adquirir. 

Pero la legislación no siempre va de la mano de la vida. Y la realidad es que ahora mismo es una práctica que, aunque dudosa y llena de contradicciones, parece funcionar para todos: autores (que cobran un dinero que no abunda en el mundo del libro), editores (que consiguen el producto que quieren sin tener que lidiar con el imprevisible ego de los autores) y lectores (que conservan la ingenuidad cada vez más lujosa en estos tiempos descreídos). 

Y como nadie se siente perjudicado, a nadie le interesa descubrir la impostura. Al final, la figura del escritor fantasma está en la línea de la cultura del tardocapitalismo, una cultura en la que nada es lo que parece y nadie es quien dice ser. Quizás por esa razón, el legislador se ha resistido a regularla. Para qué pinchar el globo.

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